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miércoles, 20 de abril de 2011

Sabiduría Tolteca

Lectura y reflexiones para la vida ...






LOS CUATRO ACUERDOS DE LA SABIDURÍA TOLTECA

1.- Honra tus palabras.
Lo que sale de tu boca es lo que eres tú.
Si no honras tus palabras, no te estás honrando a ti
mismo; si no te honras a ti mismo, no te amas.
Honrar tus palabras es honrarte a ti mismo,
es ser coherente con lo que piensas y con lo que
haces.
Eres auténtico, y te hace respetable ante los demás y
ante ti mismo.

2.- No supongas.
No des nada por supuesto.
Si tienes duda, aclárala.
Si sospechas, pregunta.
Suponer te hace inventar historias increíbles que sólo
envenenan tu alma y que NO TIENEN FUNDAMENTO.

3.- No te tomes NADA personal.
Ni la peor ofensa.
Ni el peor desaire.
Ni la más grave herida.

4.- Haz siempre lo mejor que puedas.
Si siempre haces lo mejor que puedas,
nunca podrás recriminarte nada o arrepentirte de nada.

Según la tradición Tolteca, poniendo en práctica estos
cuatro acuerdos tu vida puede cambiar,
siempre y cuando seas impecable con ello.
En la medida que alguien te quiere lastimar,
en esa medida ese alguien se lastima a sí mismo.

Tolteca: Una de las tribus que dominaron en México
antiguamente.


Bendiciones y que su vida sea una constante armonía

Les deseo lo mejor para este ciclo lectivo 2011 !!!



martes, 9 de febrero de 2010

El poder de una bibliotecaria ...




Por Michael Moore


Es curioso lo que puede hacer una sola persona junto con un grupo de amigos unidos por una causa justa. Compré el libro de Michael Moore tras haberme leído el adelanto que habí­a hecho el Diario El Mundo y habérselo enviado a unos colegas, y mientras me leí­a el prefacio en espera de acabar otro libro que tení­a pendiente, no pude salir de mi asombro, era increí­ble.
El libro de Michael Moore, Estúpidos hombres blancos, director del documental Bowling for Columbine; salió de imprenta el 10 de septiembre de 2001 y esperaba ser distribuido el día siguiente. No es un libro que trate con diligencia a George W. Bush, al ex presidente de los Estados Unidos, ni siquiera a los propios estadounidenses; por lo que su distribución fue retrasada desde el 11 de septiembre hasta una fecha indefinida que se fue retrasando mientras se desarrollaban los acontecimientos que todos conocemos. La desesperación de su autor ante la censura que estaba realizando la editorial al negarse a distribuir los 50.000 ejemplares impresos por diversas razones que adujeron y que todos podemos imaginar le lleva a leer dos capítulos de su libro en una reunión de un consejo de acción ciudadana en Nueva Jersey.
Entonces sucedió algo milagroso. Sin saberlo yo, entre el público al que me había dirigido el 1 de diciembre en Jersey se hallaba una mujer que después de escuchar mis penas, decidió hacer algo al respecto. Era una bibliotecaria de Englewood, Nueva Jersey, llamada Ann Sparanese. Aquella noche, se fue a casa y se conectó a Internet para escribir una carta a sus amigos bibliotecarios, que colgó en un par de páginas dedicadas a temas literarios progresistas, en las que les contaba lo que HarperCollins planeaba hacer. Me riñó (al más puro estilo de las bibliotecarias) por no hacer público mi caso, pues no tení­a derecho a callar en el creciente clima de censura que empezaba a respirarse en el país y que afectaba a todo el mundo.
Cabe recordar que la nueva ley antiterrorista USA Patriot Act prohibía a los bibliotecarios denegar a la policí­a información sobre quién está leyendo qué. ¡Incluso podí­an acabar en la cárcel si contactaban con un abogado! Pese a esta atmósfera opresiva, Ann Sparanese pidió a todo el mundo que escribiera a HarperCollins y exigiera que pusiera a la venta el libro de Michael Moore. Y eso es lo que cientos y luego miles de ciudadanos hicieron. Yo no tení­a la menor idea de que esto se estaba cociendo hasta que recibí una llamada de HarperCollins.
- ¿QUÉ LES DIJISTE A LOS BIBLIOTECARIOS? “ inquirió la voz al otro extremo de la lí­nea.
- ¿De qué hablas? “ le pregunté, desconcertado.
- Estuviste en Nueva Jersey y contaste todo a los bibliotecarios.
- No habí­a bibliotecarios en Nueva Jersey ¿Cómo sabes lo que dije?
- Está en Internet. Algún bibliotecario se ha empeñado en difundir la historia, ¡y ahora estamos recibiendo un montón de correo hostil por parte de los bibliotecarios!
Vaya, me dije. Los bibliotecarios son, sin duda, un grupo terrorista con el que uno no querrí­a enzarzarse.
- Lo siento dije, apocado-. Pero te juro que comprobé que no hubiera prensa en la sala.
- Pues ahora ha salido a la luz, y no hago más que recibir llamadas del Publisher Weekly.
Pocos días después, PW citó una supuesta declaración de mi editor en la que afirmaba que yo rescribirí­a el libro (más tarde, éste lo desmintió rotundamente) . Después de guardar silencio ante la prensa durante meses, esperando poder arreglar las cosas pací­ficamente, le conté a PW todo el viacrucis por el que habí­a pasado, así­ como que habí­a 50.000 copias de mi libro retenidas como rehenes en Scranton. Entonces, el periodista me habló de la bibliotecaria de Nueva Jersey que habí­a alborotado el avispero.
- No conozco a esa mujer dije-, pero sea quien sea me gustarí­a agradecérselo.
La semana siguiente, después de que me convocaran a un encuentro con el alto mando en HarperCollins en el que se me amenazó nuevamente con que mi libro «simplemente no puede salir al mercado con esa portada y ese tí­tulo»-, recibí­ una llamada de mi agente para comunicarme que el libro se pondría a la venta tal como estaba, sin un solo retoque. La editorial estaba mosqueada porque todo habí­a salido a la luz pública y ellos quedaban como censores (que es lo que eran). «¡Malditos bibliotecarios!» Dios los bendiga. No debería sorprender a nadie que los bibliotecarios fueran la vanguardia de la ofensiva. Mucha gente los ve como ratoncitos maniáticos obsesionados con imponer silencio a todo el mundo, pero en realidad lo hacen porque están concentrados tramando la revolución a la chita callando. Se les paga una mierda, se les recorta la jornada y sus subsidios y se pasan el día recomponiendo los viejos libros maltrechos que rellenan sus estantes. ¡Claro que fue una bibliotecaria la que acudió a mi ayuda! Fue una prueba más del revuelo que puede provocar una persona.
MOORE, Michael. Estúpidos hombres blancos.Barcelona: Ediciones B, 2003. Pág. 16-17.